El tiempo que niños y adolescentes pasan frente a las pantallas se ha convertido en una de las principales preocupaciones de familias y educadores. Sin embargo, la Dra. Ledys Morejón Rodríguez, docente de la Maestría Oficial en Necesidades Educativas Especiales y Atención Temprana de la Universidad Internacional de Valencia (VIU), institución perteneciente a Planeta Formación y Universidades, advierte que el tiempo de pantalla no puede analizarse únicamente en función del número de horas de uso, sino también de las necesidades que satisface y de las experiencias que puede estar desplazando.
Según cifras del informe técnico Estado de la Niñez y Adolescencia, elaborado con los resultados de la Encuesta Nacional de Hogares (ENAHO), el 75,4% de los menores de 6 a 17 años usaron internet en el primer trimestre del año. Mientras la población más joven entre 6 y 11 años que navegó por la red fue del 61,2%, los adolescentes de 12 a 17 años alcanzaron el 88,2%. Es un incremento general respecto al 2025.
Este uso es general, pero la accesibilidad podría llegar a derivar en un consumo excesivo que, en su intento por regular, los padres o cuidadores fijan límites estrictos de tiempo, asumiendo que reducir las horas de conexión resolverá automáticamente los conflictos emocionales o académicos de los menores.
Organismos como la Academia Estadounidense de Pediatría y la Organización Mundial de la Salud coinciden en que no existe una cifra mágica de tiempo aplicable a todos los perfiles. La clave radica en evaluar qué necesidades está satisfaciendo el menor en el entorno virtual y si el consumo digital está desplazando actividades estructurales para su bienestar humano, tales como el descanso nocturno, la actividad física, el juego espontáneo y la interacción social presencial.
En este contexto, la Dra. Ledys Morejón Rodríguez propone cambiar la pregunta tradicional sobre la cantidad de horas por una mirada más profunda sobre la calidad de la experiencia digital y el papel que esta desempeña en la vida cotidiana de niños y adolescentes.
“El tiempo frente a las pantallas es un indicador que debemos observar, pero no puede ser considerado de manera aislada como el único responsable de las dificultades que puedan aparecer”, indica. “Desde una perspectiva pedagógica y psicológica, la pregunta más relevante no es solamente ‘¿cuántas horas pasa frente a una pantalla?’, sino también ‘¿qué está haciendo?, ¿qué necesidades está satisfaciendo?, ¿qué experiencias está dejando de vivir y cómo se siente antes, durante y después de utilizarla?’”.
Más que las horas de consumo, las red flags aparecen cuando el celular, la televisión o el videojuego se convierten en una fuente de pérdida de libertad y el menor ya no sabe cuándo conectarse ni cuándo detenerse. La experta de VIU enumera algunas de las señales a las que se debe estar muy pendiente:
● Irritabilidad intensa, ansiedad o agresividad cuando se le pide desconectarse.
● Dificultad reiterada para respetar acuerdos, incluso cuando previamente los había aceptado.
● Pérdida de interés por actividades que antes disfrutaba.
● Reducción significativa del contacto presencial con familiares o amigos.
● Alteraciones del sueño, cansancio constante o uso nocturno oculto.
● Descenso en el rendimiento escolar o dificultades de concentración.
● Abandono del autocuidado, el ejercicio o las responsabilidades cotidianas.
● Necesidad de permanecer conectado cada vez más tiempo para sentirse satisfecho.
● Mentiras frecuentes respecto al tiempo de uso, las aplicaciones utilizadas o las personas con quienes se comunica.
● Cambios emocionales después de utilizar las redes: tristeza, ansiedad, sensación de inferioridad, enfado o preocupación excesiva por la aprobación de los demás.
● Continuación del uso a pesar de reconocer que está ocasionando consecuencias negativas.
Ante estas conductas, la respuesta adulta no debería centrarse en prohibir o castigar, sino en comprender qué malestar de fondo está intentando evadir el menor a través de este consumo digital. Según analiza, el hiperconsumo puede ser una manera que tienen los menores para escapar de la soledad, la ansiedad, la baja autoestima, los conflictos escolares o el acoso escolar.
Es importante destacar que una sola señal de estas no permite establecer un diagnóstico, pero sí debe observarse la frecuencia, la intensidad, la duración y el impacto sobre la vida diaria para buscar soluciones adecuadas.
Por eso, el rol de las familias debe ser un acompañamiento empático, no de vigilancia ni invasión a la intimidad. Los adultos deben interesarse por lo que el menor ve, conversar sobre sus experiencias digitales, ayudarle a interpretar los mensajes que recibe y ofrecer criterios para reconocer contenidos manipuladores, violentos, sexualizados o poco fiables. Todo eso ayuda a construir una relación equilibrada con la tecnología, protegiendo su salud mental y su desarrollo integral.
“La intervención debe comenzar desde la curiosidad y no desde la acusación”, señala la experta. “Acercarse y decir: ‘He notado que últimamente te cuesta mucho desconectarte y que estás durmiendo menos’ o ‘Me preocupa cómo te estás sintiendo y quiero entender qué está pasando’ contribuye a abrir una puerta al diálogo; el juicio y las etiquetas suelen cerrarla”.










